
Roberto Rojas Cisterna, Profesor de Liceo Público y en Formación Inicial Docente.
Todos quienes hacemos clases en escuelas conocemos a ese personaje. El sostenedor que aparece una vez al año en la sala de profesores, saluda de lejos, habla con propiedad de “calidad” y “excelencia”, pero que a la hora de la verdad mira la escuela como quien revisa una planilla: una columna de ingresos, otra de gastos. Los estudiantes, los colegas, los aprendizajes, todo cabe en una celda. Si la celda aparece en rojo, se borra.
Ese sostenedor hoy gobierna Chile
El primer Presupuesto del gobierno de José Antonio Kast dejó sin un solo peso al programa “Yo Elijo Mi PC”. El programa nació en 2009, en el primer gobierno de Bachelet, para entregar computadores a estudiantes de séptimo básico de la educación pública. Este año alcanzó a más de 96 000 estudiantes con cerca de 35 000 millones de pesos. Si el recorte se aprueba tal como está, 2027 será el primer año en 17 sin una nueva entrega. No es un ajuste. Es una decisión.
Conviene decirlo sin matices: aquí no estamos frente a una crisis que cayó del cielo. Estamos frente a una crisis fabricada a pulso en una planilla excel, con la frialdad de quien cierra una partida porque “no presenta un efecto relevante en el aprendizaje”. Esa fue, textual, la defensa oficial del recorte. Traducido al chileno: el computador que esa familia esperaba para su hijo no mueve la aguja de ninguna métrica, así que para la casa.
Y aquí aparece la primera trampa de la planilla.
Porque resulta que el computador sí está asegurado para algunos. Lo está para los hijos de quienes toman estas decisiones. En los colegios donde se educan los que gobiernan, nadie discute si hay notebook, wifi y Ipads. Eso se da por hecho, como el agua caliente. La pelea por un computador es una pelea de los otros, de los de abajo, de los que para muchos siguen siendo un gasto antes que un derecho.
Pero hay un segundo intento de truco, más fino, que vale la pena desarmar despacio.
Para justificar el recorte, el Presidente salió a hablar de primera infancia, de retrasar el uso de pantallas, del peligro de pasarle el celular a un niño para que se entretenga. Todo muy razonable. El problema es que “Yo Elijo Mi PC” no le entrega celulares a guaguas. Le entrega un notebook a un estudiante de séptimo básico, es decir, a un cabro de doce o trece años que lo ocupa para investigar, escribir, postular, aprender y por qué no, jugar. Confundir una cosa con la otra no es un desliz. Es una maniobra. Se toma un debate legítimo (cuánta pantalla para los más chicos) y se usa de cortina de humo para tapar un recorte que golpea a preadolescentes.
Un notebook y un teléfono no tienen el mismo alcance pedagógico y cualquier profesor de aula lo sabe. En un celular el estudiante consume. En un computador produce. Esa diferencia, invisible para quien mira una planilla, para nosotros es el día a día. Por eso siempre estamos pidiendo que la sala de computación esté al día de las necesidades.
Lo tragicómico de la situación, es que el mismo Kast, cuando era candidato en 2021, prometió “un computador con acceso a internet para cada niño que estudia en la educación pública”. Palabra por palabra. Cuatro años después, ya instalado en La Moneda, no solo no cumple con darle un computador a cada niño: le quita el que algunos ya tenían. Del “notebook para todos” al “notebook para ninguno”, así, sin anestesia.
El sostenedor Kast no pierde nada con este recorte. Sus utilidades, su patrimonio, el colegio de sus hijos, nada de eso entra en la ecuación. Quienes pagan la cuenta son siempre los mismos: los cuerpos docentes, los estudiantes, las familias. Es el dueño que habla de educación con la seguridad del que firma cheques, pero que jamás ha corregido una prueba a las once de la noche ni ha visto la cara de un estudiante que por fin pudo hacer su tarea en su propio computador y no en el teléfono prestado de la mamá.
Ese gesto, el del cabro que abre su primer notebook en la casa, no cabe en una planilla Excel. No hay celda para eso. No hay fórmula que calcule lo que significa para una familia que, por una vez, el Estado haya llegado antes que el mercado.
Por eso el debate no es técnico, es político. Cuando se decide que un derecho vuelve a ser un privilegio, no estamos ante un problema de eficiencia del gasto, estamos ante una definición de qué país queremos y para quiénes. Y la respuesta de este Presupuesto es brutal en su sencillez: la tecnología, como tantas otras cosas, que la pague quien pueda.
A las comunidades educativas nos toca, otra vez, sostener la educación donde la planilla pone un cero. Porque sabemos algo que al Sostenedor Kast se le olvida siempre: una escuela no es una empresa, un estudiante no es un cliente y un computador en las manos correctas no es un gasto. Es, todavía, una de las pocas promesas de igualdad que nos quedan.
Esta factura les saldrá cara.




