
Lorenzo Gónzalez: Académico vinculado a la Ciencia Política.
El drama de la izquierda chilena es abismante. O de lo que queda de ella. En los últimos años ha sido incapaz de articular un discurso que provea un sentido político a los ciudadanos y ciudadanas.
Luego de los éxitos iniciales de la Concertación, parte importante de la izquierda privilegió asegurar resultados electorales por sobre fortalecer contenidos ideológicos. Ni hablar de su renuncia al rol pedagógico de la política y su reciente farandulización en las redes sociales.
Deslavó su discurso. Dejó de hablar de pueblo para llamarlo ciudadanía y luego sociedad civil. A los indigentes los transformó en personas en situación de calle y a los pobres en personas vulnerables. Se sumó alegremente a calificar de emprendedores a quienes llevan una vida precarizada vendiendo en alguna feria o fabricando algún artilugio. A la igualdad y justicia social, la denominaron equidad y, recientemente, hasta abrió un debate sobre el mérito. Por último, decidió llamar clase media a casi toda la población de Chile, sin importar lo ricos o pobres que sean.
Lo descrito es la culminación de un proceso global que viene al menos desde la década del 50 del siglo pasado y que se expresa en el auge de la socialdemocracia europea.
Este devenir representa un abandono sistemático de las posiciones ideológicas frente al capitalismo. En un esquema tan simple como incompleto, podría afirmarse que la izquierda fue renunciando a las tesis respecto de su abolición, conformándose con la posibilidad de domesticarlo, asumiendo de lleno las ideas de Keynes y migrando hacia la socialdemocracia (salvo el Partido Comunista que mantuvo su programa anticapitalista, pese a una creciente pérdida electoral).
En Chile este giro tiene fecha y lugar: la primera renovación socialista, cuando el PS en el exilio revisó sus tesis anticapitalistas, hacia fines de la década del 1970.
La caída del Muro de Berlín siguió empujando a la izquierda hacia los bordes de su propia ideología. Renunció incluso a domesticar del capitalismo. Le abrió las puertas de par en par y se convirtió en la campeona de la contención de daños que éste engendra.
Por una parte, fue entregando sector tras sector al capital: puertos, aeropuertos, carreteras, cárceles, y cuando no privatizó, creó “subsidios a la demanda” donde le fue posible, como el CAE en educación, los subsidios en vivienda y un abrumador etcétera.
Por otra, generó una cantidad también interminable de subvenciones que tratan de contener los daños que el avance sin cuartel del capitalismo produce: bonos de calefacción, de arriendo, eléctrico, al trabajo de la mujer, al empleo joven y así suma y sigue.
Los bonos sin duda alivian a quienes los reciben. Pero también subvencionan a las empresas inmobiliarias, eléctricas y otras tantas.
No vale la pena ahondar en esto por su obviedad. Por ello sólo dos ejemplos: ¿el precio de las viviendas es alto? Entonces creamos un bono para arrendarlas o comprarlas. Lo que importa es no tocar y ojalá acrecentar las utilidades de las inmobiliarias.
¿Los sueldos son bajos? Entonces, creamos otro para calefacción. Lo que importa es no tocar las utilidades de las empresas.
Lo paradójico es que, conducidos por parte importante de la izquierda, hemos llegado a un punto en que el “trabajo” ha comenzado a subvencionar al “capital”. Es decir, en que los impuestos de los trabajadores y trabajadoras se destinan a hacer menos miserable sus propias vidas, a cambio de asegurar la reproducción a gran escala de las ganancias privadas.
Como si ello no fuera suficientemente dramático: la izquierda celebra cada bono como un triunfo político.
Ya sea por razones electorales, estrategia programática o, incluso, desidia intelectual, gran parte de la izquierda chilena renunció a su ideario transformador para convertirse en un simple administrador del daño que genera el avance del capitalismo que ella misma propicia. Algo que al electorado parece ya no hacerle mucho sentido.
Pero por lejos lo más interesante es que, frente al abandono de las posiciones de izquierda, la derecha responde radicalizando las propias y ganando elección tras elección.
NOTA DIRECTOR: El autor de esta columna, cuya expertiz es reconocida fehacientemente por redacción, solicitó expresamente escribir bajo un seudónimo, por razones de seguridad laboral.



