La patria la pagamos nosotros

La patria la pagamos nosotros
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Camilo Guzmán Martínez, presidente de Agricultores Unidos A.G.

Llegó la Fiesta Patria y quiero hablar como en la mesa del asado, con los políticos escuchando. Porque la fiesta la pagamos los mismos de siempre, los que llegamos apretados a fin de mes. En la cueca bien bailada uno da la vuelta entera y vuelve al punto de partida. Con la economía llevamos años dando la vuelta, puro pañuelo, y ni siquiera volvemos al punto de partida. Vamos para atrás.

El Estado se financia casi entero de impuestos. La mitad es el IVA, ese 19% que se paga gane lo que se gane. A tres de cada cuatro trabajadores no les toca pagar impuesto a la renta; el IVA sí. Así que la mitad de la caja de Chile la llena sobre todo la gente de trabajo, que somos más de nueve de cada diez chilenos.

¿Y el subsidio que el Estado “regala”? Es el propio IVA que vuelve con descuento, menos de lo que pusimos. Y cuando no alcanza, nadie mira a las grandes empresas; lo que sale a la mesa es subirnos el IVA a nosotros.

De cada cinco pesos que gasta una casa, uno se va en comida, y la comida subió 4,6% en doce meses; la papa, 49% en lo que va del año. En los hogares del 20% más pobre se gasta como el doble de lo que entra, según el INE. Los precios de la comida suben y bajan por cosas que un país chico no maneja. Lo que no se mueve es el ingreso, y ahí está el problema nuestro.

De O’Higgins a Los Lagos el campo se apagó, y eso no sale en la boleta del supermercado, pero se nota en los pueblos o localidades. Los economistas le dicen oligopsonio: unos pocos compran y, como son los únicos, pagan menos de lo que costó producir.

El productor cierra, queda el galpón vacío y el camión que sacaba la cosecha deja de pasar. Multiplique eso por cuarenta años: la superficie sembrada cayó 59%, según ODEPA.

En la leche, de La Araucanía al norte la producción casi desapareció, mientras las plantas que la compraban por debajo del costo publicaban utilidades. El campo es la fábrica de medio Chile, y esa fábrica la pararon para favorecer a unos pocos.

Me preguntan seguido si volver a producir abarata la comida. No es por ahí, y tampoco la encarece. Producir es otra cosa: es echar a andar esa fábrica. Hay trabajo y la plata se queda en el pueblo, en la carnicería del frente. Y cuando hay pega los sueldos suben, porque la economía necesita brazos; eso sí, en un mercado del trabajo sano, sin las distorsiones que mete una inmigración desordenada.

Esto no es cosa de agricultores. Cuando el campo anda mal, la pobreza no se queda en el sur: cada pueblo apagado es más subsidio pagado con el IVA y menos gente comprándole a la ciudad. Las cortinas de locales comerciales siguen bajando de Sagrada Familia, en el Maule, a Purranque, cerca de Osorno, aunque anuncien inversiones en el norte.

Esto no lo frena nadie. La Fiscalía Económica no tiene dientes, y al Tribunal de Defensa de la Libre Competencia llega el que tiene millones y tiempo; un agricultor del sur, no.

En el Congreso duerme hace años la Ley del Grano, reglas claras para que al productor no le paguen por debajo de su costo, y en privado nos confiesan que no la entienden. El ministro de Agricultura, Jaime Campos, al recibir a una delegación de nuestro gremio, se encogió de hombros: “tengo una camisa de fuerza, no puedo hacer nada”, dijo.

Un dato más: La Araucanía, el Maule y Ñuble producen siete de cada diez hectáreas de cereal del país, el pan de Chile. Y son, según la última encuesta Casen, las tres regiones más pobres de Chile. A mí nadie me convence de que es mala suerte.

Nos dicen que hay que cuidar a las grandes empresas porque de ellas vive Chile. Yo creo que de Chile viven ellas. Los que pagamos la cuenta no pedimos más plata del Estado; eso es echar agua en un balde de mimbre, y la que se escurre la ponemos nosotros con más IVA.

Pedimos cancha pareja: libre mercado de verdad, las mismas reglas para el que compra y el que vende. Porque la competencia asusta al que abusa, a nosotros no.

Feliz Dieciocho. Voy a la fonda igual, y si pasa un diputado por la mesa le pregunto por la Ley del Grano. Y si la cuenta la pagamos nosotros, algo de derecho tenemos a molestar.

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