En el Día de los Muertos, esperemos que la doctrina Silva-Rabat también muera

En el Día de los Muertos, esperemos que la doctrina Silva-Rabat también muera

Joyce Olsen, periodista

Voy a contarte una historia: la de un país donde los niños estaban primero. Ese país era Chile. Hoy, con la salida del «profe Silva», parece que algo de ese país que protege a los niños reaparece. Pero no estoy de acuerdo, porque no es aceptable que la decisión de un hombre vuelva a instalar el horror en la casa de un niño que recién empezaba a sentirse seguro.

Como si fuera una historia de Halloween, el Gobierno liberó a abusadores, pederastas y violadores a través de un decreto. Con ello echó por tierra el valor de la denuncia, de la investigación, de los testimonios y de una resolución judicial.

¿Cómo le decimos a ese niño o a esa niña que confíe en las instituciones? ¿Cómo puede esa familia estar tranquila si el depredador que les quebró la vida vuelve a estar libre por culpa de un hombre que aplicó un criterio jurídico, pero no tuvo sentido común?

Es fácil decir que otros fallaron antes de la misma manera y que no quedaba otra opción que seguir su ejemplo. Pero, mientras tanto, esa niña o ese niño vuelven a tener miedo, a vivir una pesadilla despiertos, gracias a un señor que, provisto de un lápiz, firma un decreto que les arrebata la paz.

No hay excusas válidas para ello.

Hoy el subsecretario Silva dejó su cargo, pero su decisión ya ha vuelto a afectar la vida de al menos 56 víctimas.

Sabemos que denunciar es difícil y que, habitualmente, las víctimas tardan hasta diez años en hacerlo. Cuando por fin se habían convencido de que podían confiar, alguien que representa al Estado les da la espalda y libera a sus victimarios.

Justo hoy, en el Día de los Muertos, esperemos que la doctrina Silva-Rabat también muera. Ese sería el mejor legado de una noche de Halloween.

No sé si vale la pena decirlo, pero a veces, en nombre de la familia, confundimos la caridad con la vergüenza.

Siento vergüenza porque fui cómplice. Guardé silencio creyendo que protegía a los más pequeños, creyendo que, si no se habla de algo, no existe. Pero la basura siempre aparece, la verdad permanece y los ojos de aquel niño abusado vuelven a aparecer en la mujer o el hombre adulto que hoy vuelve a sentir miedo porque su victimario está libre.

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